martes, mayo 11

"LA HIJA DEL ORGANILLERO"

Era un día común y corriente para Libertad. Por entre la gente le costaba ver el sol, debido a su baja estatura, mientras bailaba una especie de vals con su sombrero negro en la mano. La gente parecia sonreírle pero le era dificil distinguir caras, eran tantos que parecían sólo una gran masa negra, riendo, apladiendo, envolviendola, tapandole la vista al cielo. Libertad sonreía feliz. Después de dos años, ya se había acostumbrado a las multitudes, la gente había dejado de ser rostros para ella, lo unico que valía algo era el dinero que le dejaban en su sombrero, viejo y roñoso. Pero a ella no le importaba que fuera roñoso, su padre se lo había regalado para su cumpleaños hace varios años. Era qizás la única cosa que le había regalado, y le había pedido que lo utilizara para sus shows. En realidad, para Libertad, la gente era una dicha, pero su padre le repetía constantemente que al entretención no era nada si no obtenían una recompenza al final del día. “Pero ¿y las risas de los niños papá? ¿Y los aplausos de sus madres cuando termina tu canción?”, le preguntaba la niña a su padre. “Yo no veo las risas ni escucho los aplausos, cuando toco mi música lo único que veo es a mi pequeña Mimi bailar. Además que con felicidad no puedo alimentar a Mimi”, dijo Manuel, su padre. “Ni a mí tampoco”, suspiró Libertad. Su padre no contestó, nunca lo hacía. No era porque no quisiera, era porque simplemente nunca tenía tiempo, siempre estaba cuidando de Mimi. Manuel era un hombre viejo ya, de cincuentaitres años, que fácilmente podía representar setenta. La vida le había dado una barriga enorme que a duras penas tapaba con una chaqueta de rayas rojas y blancas, con una tira de botones dorados, la mayoría descocidos ya que parecía engordar más y más con cada día que pasaba. Su cara era rojiza, de cachetes prominentes y rechonchos. Sus ojos claros se perdían en la grasa que almacenada en su cara, y a ratos su nariz pequeña y redonda se perdía en el tono abochornado de sus mejillas y sus ojos rojos que parecían nunca descansar. Su pelo, escaso y ya casi más blanco que grisaseo, iba adornado con un pequeño gorro rojo, que le tapaba su calvicie incipiente. Libertad solía pensar que era la clara imagen del viejito pascuero, especialmente porque en navidad los niños adoraban ir a verlo tocar el organillo, y luego por las noches desaparecía. Nunca recibió un regalo el veinticuatro de diciembre, pero se confortaba pensando que su padre debía estar repartiendo regalos a todos los demas niños alrededor del mundo. Ultimamente, ya no lo creía así. Por las noches, desde la pequeña y única ventana con la que contaban en una habitación de mala muerte que arrendaban cerca de una estación de metro, veía a su padre salir tras mujeres vestidas de manera exhuberante, con tacos altos y faldas cortas con lentejuelas brillantes. Muchas veces lo había visto salir tropezando, echado por otros hombres del lugar, y las mismas mujeres lo golpeaban, tratando de escaparse de sus manos regordetas y mugrientas. Si su padre era el viejito pascuero, la gente no lo trataría así, pensaba. Esas noches solitarias, la única que le hacia compañía era Mimi, pero con ella ni siquiera se podía hablar. Cada vez que su padre las dejaba solas, Mimi se encargaba de romper todo lo que podía encontrar, que no era mucho porque poseían escencialmente prendas viejas, un par de lámparas y una mecedora. Pero Libertad guardaba bajo la cama que compartían los tres una pequeña caja de zapatos. En ella, Libertad podía escapar a todos los lugares del mundo, viajar por las selvas junto con los tigres, visitar los adentros de las piramides en Egipto y pararse en la cima de la Torre Eiffel, y observar las luces de París por las noches. Hace un par de años se había instalado una feria artesanal, a la salida del metro donde Mimi y su padre entretenian a la gente. Desde que Manuel encontró a Mimi, Libertad tenía mucho más tiempo durante el día para explorar el mundo por su cuenta, hablar con la gente y hacer amigos. Un par de peruanos tenían puestos de libros e historietas y al ver la cara de fasinación de Libertad, quien había aprendido a leer memorizando los recorridos y las líneas del metro, le regalaban un par de libros todas las semanas. Cada vez que podía, Libertad les iba a agradecer, y con el corazón en la mano luego de ver a la niña actuando con su padre, le regalaban las cosas que a las demás personas no les parecía interesar. Así, Libertad fue creando una pequeña colección de historietas, cuentos cortos, algunas revistas con fotografías alucinantes de lugares con nombres extraños, que los mismos peruanos le habían enseñado a pronunciar. El día anterior, antes de que su padre volviera a la pieza, había visto fotos de una escultura gigante. Era una mujer con un vestido largo, como de seda que le llegaba hasta los talones, y una antorcha que sujetaba en alto con su mano derecha, y lo que parecía ser un libro en la otra. Angelo, un amigo de ella, peruano de veintiseis años, le había dicho mientras atendía su puesto, que era un monumento gigante llamado la Estatua de la Libertad. La niña, pensando que era una broma más de Angelo, estuvo toda la tarde leyendo sobre su historia. Le era dificil creer que podía haber un monumento enorme en otro país del mundo con su nombre, y que era mundialmente conocido, como las modelos que salían en las portadas de las otras revistas que tenía. Quizás algun día alguien haría una estatua de ella. Alguna vez lo había soñado, cuando su padre la hacia bailar junto a él. Cuando la gente se le acercaba para hacerle cumplidos y acariciar su largo cabello negro. Ahora, ni siquiera su padre parecía mirarla. Ella no lo culpaba, pero Mimi podía demandar demasiada atención, tenía un temperamento horrible, del cual su padre aún no se percataba. Parecía ser que el simio sólo era violento y escandaloso cuando su padre salía. Hace un par de años, cuando su madre murió, le dejó suficiente dinero a Manuel de su herencia familiar como par costear sus gastos por algun tiempo y que vivieran bien. Manuel, pensando en expandir un poco su negocio, había llegado a un acuerdo bastante barato con un tipo que vendía animales en extinción para comprarse un mono. Así fue como llegó Mimi a sus vidas, una pequeña mona capuchino negra con blanco. Esa semana fue la ultima semana que recuerda haber visto a su padre con dinero y despreocupado. El resto del dinero lo invirtió en un organillo nuevo, bebidas alcholicas exoticas, mujeres y en gran parte, deudas.

Cuando estaban las dos solas, Mimi nunca la dejaba leer, le quitaba sus revistas, las rompia, las mordía, e incluso a veces hasta la mordía a ella. La única forma de controlarla era dandole de comer, pero eran pocos los días de la semana que Libertad tenía algo de comer, y aunque al principio le costo trabajo aceptar estas condiciones de parte de Mimi, teminó cediendo sólo para lograr tener un poco de paz y tiempo para soñar. Soñar que algun día estaría ella en Nueva York, sosteniendo una antorcha y siendo fotografiada por miles de personas.

Hoy, en cambio, Libertad no lograba conciliar el sueño. Su padre estaba tendido al lado de ella, sollozando, pero eso no era lo que la tenía más inquieta, su padre solía llorar un par de veces a la semana. Esta vez, en cambio, Libertad sollozaba a su lado, abrazando la caja de zapatos rota. Como era de costumbre Libertad había llegado después de las siete de la tarde a la habitación. En un café, cerca de la plaza frente a las ferias artesanales, le habían regalado nuevamente un pan con jamón y queso. Había pasado dos días ya sin comer, y aún sabiendo las consecuencias que le podía traer lo que iba a hacer, Libertad simplemente no se pudo resistir. Se comío el pan completo y hasta tuvo las hagallas de pedir un poco más a la amable señora Julia que atendía las mesas. Una vez que su padre se había largado al bar, Libertad se quedo nuevamente con Mimi, que mordió y rompió todo el lugar, escupiendole a Libertad y tirandole el pelo. Por primera vez en dos años, Libertad no tenía nada que ofrecerle a cambio. Nada, excepto más cosas que romper. Los ojos de Mimi brillaron con venganza al ver la caja que la niña descuidadamente había dejado encima de la cama y, sabiendo que era mejor no acercarse, Libertad no encontro nada que hacer más que sentar en el polvoriento rincón de la pieza, sucia y desordenada, y dejar que el mono rompiera y se tragara gran parte de su colección de libros. Los ojos negros de Libertad rebozaban en lágrimas y su voz no se atrevía a dejar sus labios. Podía sentir la pequeña llama dentro suyo que la mantenía sonriente día a día apagarse, como en un eclipse solar, privandola de luz, de calor. Cuando Mimi terminó, se quedo quieta sobre la mecedora, mirandola. Los ojos de Libertad, alguna vez grandes, ahora reducidos al tamaño de una lágrima, habían dejado de brillar. Ojos que alguna vez similaron zirconia negra no parecían más que hoyos, intentando digerir lo que veía. La cabeza de la estatua de la libertad colgaba entre los dientes de Mimi que masticaba con gusto.

Esa noche, Libertad soño que bailaba vestida de negro acompañada de un grupo de titeres en el fondo de un teatro vacío y sin luces. Al final del sueño, todos los títeres tenían su cara, y al tocarse la cara Libertad se daba cuenta que tenía ojos de botones dorados e hilos que salían de su vestido. Libertad se despertó tres veces seguidas, tocandose los ojos, asegurandose de que seguían ahí. A las cinco de la mañana su padre ya habia dejado de llorar. Sus ronquidos junto con un extraño olor a orina y vino se habían confabulado para impedirle volver a dormir. Mimi yacía en la antigua mecedora de su madre, durmiendo felizmente. Aún habían trozos de hojas de libros y fotografías esparcidas en el suelo. Libertad juró que no se volvería a sentir así. Derrumbada.

Al día siguiente, como nunca en el mes de marzo, el cielo estaba negro y llovía a cantaros. Era un poco pasado las cinco de la tarde y con su padre habían salido con el organillo en mano y Mimi sobre el hombro de Manuel. Debido a la fuerte lluvia y dado que fuera del metro no había techo, Manuel decidió realizar su show dentro de la estación de metro. Los guardias de la estación le habían impedido en un principio entrar con un mono, pero basto con que Mimi les mostrara una pequeña parte de su baile acompañada de la música de Manuel para que los guardias rieran y los dejaran pasar por un par de horas. Manuel, agotado porque habían tenido que subir un par de escaleras, se sento por unos minutos, excusandose con que estaba congestionado y que le costaba mucho respirar. Libertad comía de una pequeña barra de chocolate que había comprado con un par de monedad que había guardado para ella del show de ayer. Mimi por su lado, bailaba y saltaba cerca de las líneas del metro. Cuando Libertad accidentalmente hizo sonar el envoltorio del dulce, Mimi la miro inmediatamente con cara de amenaza, mostrandole los dientes y golpeando el suelo con sus diminutas manos. Libertad la miró asustada, y por dos segundos se le cruzó por la mente que esta podía ser su oportunidad de deshacerse de la razón encarnada de todo lo malo que le sucedía. Miró a su padre, que seguia ajetreado y se golpeaba el pecho para dejar de toser. Mimi empezó a acercarse lentamente a Libertad, con la misma cara asesina que la noche anterior. En un impulso de pánico y venganza, Libertad arrojó un pedazo de chocolate a las vías del metro. Y tal como si Mimi hubiera estado atada con un hilo al chocolate, la mona saltó sin pensarlo dos veces. Libertad cerró los ojos y sintió una fuerte brisa refrescante soplarle la cara y el pelo. Al abrir los ojos, un par de personas se estaban bajando del vagón del metro, algunos leyendo el diario, otros escuchando música. Ninguno de ellos supo nada, hasta que Manuel comenzó a gritar por entre su tos. Grito el nombre de la mona tantas veces que después de un par de minutos parecía no tener sentido lo que decía. Su cara estaba roja como nunca lo había estado y por segunda vez en la vida Libertad vio lágrimas brotar de los celestes ojos de Manuel. Libertad sentía que estaba parada justo al medio de uno de esos remolinos de papel que venden en las plazas. Todo giraba, una gran masa de griteríos, de empujones, de colores. Hasta que el remolino dejó de girar. Estaban nuevamente en la habitación sucia y mugrienta. La caja de zapatos seguía rota, algunos trozos de papel aún en el suelo. Libertad estaba sobre la mecedora de su madre mirando fijamente a una mosca caminando en el suelo que había escapado de una telaraña pero aún no lograba hacer funcionar sus alas. Manuel estaba tirado sobre la cama, mirando al techo sollozando un poco aún, intentando no ahogarse. No podía dormir de espalda porque se ahogaba por su gordura pero últimamente le costaba trabajo dormir de lado también.

Después de lo que parecieron horas, Libertad se paró de la mecedora y camino hacia su padre, rojo de tanto llorar. Sin querer piso a la araña que perseguía a la mosca en el suelo; acto que paso inadvertido para la pequeña. Se sento al lado de su padre, que vagamente noto su presencia, hasta que su hija le tomó las manos. “Papá por favor para de llorar. Mimi murió pero no todo está perdido. Aún tienes tu organillo…y a mí. Antes de Mimi tenías un show también, ¿te acuerdas?...” Libertad sintió que le hablaba a uno de esos rubios altos que visitan a veces las ferias artesanales, con ropas raras y cámaras grandes colgando del cuello. Recibió de su padre la misma mirada, como si le estuviera hablando en otro idioma. “…Sí hija esta bien, pero nuestra rutina antes de Mimi no era nada. Con Mimi estabamos ganando el triple, ¿Cómo crees que logré pagar esta habitación por tanto tiempo?...Ahora no sé que vamos a hacer…tendremos que buscar un lugar más barato donde vivir…lejos del metro y de esta vecindad…quizás tendremos que dormir algunos días en…en…la…calle” Con esa última palabra, Manuel se largo a llorar nuevamente, apretando con fuerza las manos de su hija. Libertad sintió el calor de las manos regordetas de su padre por primera vez en años, y la culpabilidad más que pena, le provocaba molestia. Como una picazón en la espalda que por más que trataba simplemente no alcanzaba a rascarse. No podía seguir así, con esa picazón. Tenía que haber algo que podían hacer, no podía dejar atrás a Angelo ni a la señora Julia, ni los libros que le regalaban, ni su cajita de zapatos. Y así fue que sucedió.

Varios días después, Manuel tocaba el organillo fuera del metro, como siempre. Masas de gente que salían de allí se paraban a ver el show, después de una cansadora rutina de trabajo. Los cachetes rojos de Manuel sudaban con alegría con el sonido de monedas que caían y caían sobre el sombrero negro de Libertad en el suelo. Frente a Manuel, justo al medio de la masa de gente, que conformaban una sola y grande sonrisa, estaba Libertad, vestida con una pequeña chaquetita roja y un sombrero con bordeados dorados, y una cola falsa salía de un hoyo en sus pantalones, mientras Libertad bailaba y saltaba como un simio. Libertad veía al principio caras de horror y espanto, que con el pasar de los días se fueron convirtiendo en aplausos lentos, extraños, pero aplausos finalmente, mezclado con risas de otros niños de su edad que la observaban al pasar, apuntandola. A Libertad no le importaba la razón, sólo el aplauso y el interés que parecía provocar. Su padre había vuelto a sonreír y eso era lo único que importaba. Además, esto era lo más parecido que se le podía ocurrir a ser alguna vez la estatua de la libertad.




por Francisca Zenteno V. Mayo, 2010.

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